El principio del fin
Hay momentos en los que parece que todo decide cambiar al mismo tiempo. Una separación, una mudanza, nuevos caminos y nuevas preguntas pueden convertirse también en una invitación a observar quién queremos ser frente a lo que nos está pasando.
Hay momentos en la vida en los que parece que todo decide cambiar al mismo tiempo.
Los vínculos. La casa. El cuerpo. Los proyectos. Las certezas.
Estuve atravesando uno de esos momentos.
Una separación, una mudanza, nuevos caminos profesionales, la menopausia y muchas preguntas sobre cómo quiero vivir esta etapa que comienza. No todo lo elegí. No todo ocurrió como alguna vez lo imaginé. Pero cada uno de estos cambios me está invitando a observarme de una manera diferente.
Y quizá ahí esté una de las preguntas más interesantes que podemos hacernos cuando algo se mueve profundamente en nuestra vida:
¿Quién quiero ser frente a esto que me está pasando?
¿Qué pasa cuando el amor no se termina, sino que se transforma?
Cuando esa persona sigue siendo valiosa para vos, sigue siendo importante, forma parte de tu historia, pero ya no conectan de la misma manera.
Si un matrimonio termina después de 35 años, ¿eso significa que fracasó? Yo no lo creo.
Treinta y cinco años de amor, de aprendizajes, de proyectos compartidos, de una familia construida, de momentos felices y también de dificultades atravesadas juntos no pueden reducirse solamente a la palabra “fracaso” porque un día la relación llegue a su fin.
Creo que el solo hecho de haber encontrado un gran amor en la vida ya es, en sí mismo, algo extraordinario. Y mucho más cuando ese amor permitió construir una familia, compartir una parte enorme del camino y amar profundamente.
A veces, una relación termina no porque todo lo vivido haya perdido valor, sino porque quienes la integran cambiaron. Porque después de tantos años pueden aparecer nuevas necesidades, nuevas miradas y formas distintas de habitar la vida.
Desde el coaching ontológico, podríamos decir que no somos seres estáticos. Estamos permanentemente siendo. Cambian nuestras conversaciones, nuestros deseos, nuestras emociones y también la manera en que observamos el mundo. Y puede ocurrir que dos personas que caminaron juntas durante décadas comiencen, en algún momento, a observar la vida desde lugares diferentes.
El estoicismo también nos recuerda algo esencial: hay acontecimientos que no podemos controlar, pero siempre tenemos alguna posibilidad de elegir desde qué valores queremos responder a ellos.
Por eso, si una historia de amor llega a su final, tal vez una de las formas más nobles de cerrarla sea retirarse con amor, con respeto y con dignidad.
No para negar el dolor ni para idealizar una separación, sino para honrar todo lo vivido.
Porque terminar una relación no necesariamente significa borrar una historia.
A veces significa reconocer que esa historia cumplió un ciclo, agradecer lo que dejó y permitir que cada uno continúe su camino sin destruir aquello que alguna vez construyeron juntos.
“A veces, el principio del fin no anuncia una pérdida, sino el comienzo de una nueva manera de vivir, de amar y de encontrarnos con nosotros mismos.”
“Tal vez amar de verdad también sea aceptar que los vínculos cambian. Honrar a quien caminó tantos años a nuestro lado, agradecer lo vivido y comprender que transformar una relación no necesariamente significa destruirla.”
ALE MARTELL